18/4/08

Monólogo

No logro determinar a Alfredo en su nombre. No guarda estricta relación, la figura enjuta que une las cejas finas, delgadas, como un pequeño horizonte sobre el semblante; la pera decidida sobre el cuerpo flaco y estirado de la persona, que por cierto dejé de ver algunas semanas atrás. Sucedía que en las tardes, a veces en las madrugadas, de las guardias esta persona, o Alfredo, entraba decidido en la pequeña salita y conversábamos por algunas horas durante el letargo del tiempo, hasta la clausura de mi turno. De a pequeños pasos desandaba el camino desde su habitación para encontrarme con sus ojos enfermos, atontados de medicación y sábanas desinfectadas. En silencio acomodaba su figura en una silla, frente a la camilla, y de a pequeñas porciones relataba las comidas del día, de la semana. También los gemidos de su compañero de pieza y las arañas que había contando en el cielorraso. Su voz gravitaba tranquila sobre el constante chirrido del flourecente. Era un discurso lento, repetido, con pequeñas variaciones monocordes. Interrumpía el tono y preguntaba mi nombre, cada 15 exactos minutos. Él me repetía el suyo, el de la persona que no entiendo en Alfredo.

Cuando otro paciente intentaba entrar en la sala, sentía la imperiosa necesidad de echarlo, obligarlo al pasillo oscuro, dónde la muerte es diligente y sagaz. Pero la persona, o Alfredo, sostenía sus ojos ausentes al nuevo integrante de la reunión, y luego de unos instantes se dirigía al otro lado de la puerta donde aguardaba unos momentos, para volver a entrar y comenzar su relato otra vez. Cumplía la tarea con la misma decisión que lo empujaba a entrar y sentarse, comenzar una y otra vez, un monólogo repetido.

No hay comentarios: