29/4/08

Sin Título 1

El invierno llegó un día. Desde la habitación sin ventanas podía escuchar el chasquido que produce el agua debajo de las cubiertas de los automóviles, pero en este caso el frío la envasaba, le imprimía la sonoridad del rechinar de vidrios diminutos, la extensión que emulaba una arena incolora e insípida, cubriendo valles desérticos. Días atrás había sentido el frío en la cara y palpado la escarcha de los parabrisas; ahora miraba la nieve en el alfeizar de la ventana de la sala, y unía en cadena deductiva la correspondencia de los sentidos. Era invierno. Abrirían las pistas de esquí, los bares y restaurantes, llegarían los turistas en viajes organizados, vendría el trabajo, el dinero. Debía llegar hasta el Ministerio, pero en la vereda, Clara no veía las pinturas prolijas de la calle. Apenas distinguía…

18/4/08

Los festejos por la mañana

Un cafecito después del almuerzo como la bisagra del día. Una égida contra la flaqueza anímica que sube desde las patas de la mesa, se propaga por los hombros y llega hasta el hipotálamo.

Es, con certeza, la hora de la luz perpendicular en las ventanas, del tránsito que mengua de a momentos, cuando los jubilados cabecean en las plazas oyendo sus radios y algún cartonero descansa en una ochava. Los manteles se abandonan a la suerte de las migas y las manchas, y las camisas, abotagadas debajo de los sacos azules, se descubren transpiradas. La mañana muere, y con ella la idea de un gran día. Breve funeral de codos en la mesa que no encuentran asidero para enfrentar el resto de las horas. Velatorio de las glorias matinales, radios que anunciaban con bombos y platillos perspectivas diáfanas de una agenda pactada para llegar al podio de la noche. A la paz del descanso de las sábanas y cobijas, arropadas. A la satisfacción de saber que habrá un nuevo amanecer y otra vez las figuritas del diario entintadas por demás, el café con leche y las tostadas, el trajín contagioso de porteros y amas de casa baldeando veredas, despejando la tierrita de las pistas de despegue, de los escenarios de la ciudad con destino.

Qué bien este líquido negro y perfumado, ritual atávico, que me prepara para recorrer el otro hemisferio plagado de flaquezas y de dudas. Entonces Carolina me pregunta desde la cocina -o en un mal día un mozo de chaquetilla blanca- si tomo café. Disimulo y respondo indiferente: "Bueno… dale".

Acceso

A menudo mi primo se interrogaba por el cielo. Muchas veces, jugábamos en el fondo de la casa de la abuela y sin dar señales previas dejaba a un costado el sable de bambú y levantaba el mentón al cielo rioplatense, húmedo y estrellado. Mi cuerpo también debía suspender la escena bélica y encontraba los ojos de mi primo altos como la idea de un cóndor. Trataba de arengarlo, picándolo con mi fusil de escoba en su panza. Pero no había caso. El atardecer y mi primo eran uno, ambos suspirando. Terminábamos la batalla contra el mundo sin ganar ni perder; y sentados en el suelo de tierra apisonada, escuchábamos teros, bichos feos, cabecitas negras. “¡Qué mala suerte primo que te agarró el ataque metafísico! Estábamos a punto de cambiar la historia”.

Monólogo

No logro determinar a Alfredo en su nombre. No guarda estricta relación, la figura enjuta que une las cejas finas, delgadas, como un pequeño horizonte sobre el semblante; la pera decidida sobre el cuerpo flaco y estirado de la persona, que por cierto dejé de ver algunas semanas atrás. Sucedía que en las tardes, a veces en las madrugadas, de las guardias esta persona, o Alfredo, entraba decidido en la pequeña salita y conversábamos por algunas horas durante el letargo del tiempo, hasta la clausura de mi turno. De a pequeños pasos desandaba el camino desde su habitación para encontrarme con sus ojos enfermos, atontados de medicación y sábanas desinfectadas. En silencio acomodaba su figura en una silla, frente a la camilla, y de a pequeñas porciones relataba las comidas del día, de la semana. También los gemidos de su compañero de pieza y las arañas que había contando en el cielorraso. Su voz gravitaba tranquila sobre el constante chirrido del flourecente. Era un discurso lento, repetido, con pequeñas variaciones monocordes. Interrumpía el tono y preguntaba mi nombre, cada 15 exactos minutos. Él me repetía el suyo, el de la persona que no entiendo en Alfredo.

Cuando otro paciente intentaba entrar en la sala, sentía la imperiosa necesidad de echarlo, obligarlo al pasillo oscuro, dónde la muerte es diligente y sagaz. Pero la persona, o Alfredo, sostenía sus ojos ausentes al nuevo integrante de la reunión, y luego de unos instantes se dirigía al otro lado de la puerta donde aguardaba unos momentos, para volver a entrar y comenzar su relato otra vez. Cumplía la tarea con la misma decisión que lo empujaba a entrar y sentarse, comenzar una y otra vez, un monólogo repetido.

Resurrección

La segunda sinfonía de Malher, fue resuelta el día del funeral de Büllow. Malher había compuesto la música de la Resurrección, pero necesitaba completar la obra con la palabra, inundada de espíritu e imagen, acorde al despliegue del cielo. Esa misma mañana las voces inmaculadas de un coro de niños había inundado la iglesia “ardiente” de Hamburgo, recitando los versos de Klopstock. Según Lebrecht, la iglesia estaba repleta y Malher solo pudo haber accedido a la imagen sonora, porque la visión le estuvo vedada. La imagen acústica fue todo lo que necesitó para visualizar el final de la Resurrección.

La teatralidad de los funerales desbordaron los limites mahlerianos.